Spagna: il grande valore economico della monarchia democratica

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Spagna: il grande valore economico della monarchia democratica

El valor económico de la monarquía española en democracia: unos 7.000 millones de euros al año

El anuncio de la abdicación de Juan Carlos I ha provocado todo tipo de reacciones políticas y sociales. En concreto, se han producido numerosas manifestaciones en favor de la forma republicana de Estado en lugar de la monarquía constitucional y democrática. He escuchado muchos argumentos emocionales y emotivos sobre esta cuestión. A mí me parecen también relevantes las posibles consecuencias económicas ¿Gozaríamos de mejores condiciones socioeconómicas si se proclamara la república? ¿Supone la monarquía un lastre o un aldabonazo para la economía?

No cabe duda de que algunos países con monarquías se encuentran entre los más desarrollados del mundo, a saber, Bélgica, Holanda, Noruega, Suecia, Dinamarca, Reino Unido o Japón. También es cierto, sin embargo, que hay muchos países con monarquías que son relativamente pobres, como por ejemplo Camboya, Jordania, Marruecos y Omán. Otros países con monarquías gozan de un nivel de desarrollo intermedio, tales como Malasia o Tailandia. Y un último grupo tiene un nivel de vida medio elevado gracias al petróleo, como Arabia Saudí y los emiratos del golfo. ¿Por qué algunas monarquías generan riqueza y otras no? ¿Es un error o un acierto tener una monarquía en el siglo XXI?

Para analizar estas cuestiones he recopilado datos sobre el desarrollo socioeconómico de 153 países entre los años 1960 y 2013. En particular, he contrastado si los países que tienen monarquías son más prósperos o no en términos de cinco indicadores de bienestar: la renta per cápita, el crecimiento económico, el desempleo, la inflación, la producción científica, y la esperanza de vida. Los resultados son claros: tener una monarquía por sí sola no es garantía alguna de un mayor bienestar socioeconómico. Sin embargo, la combinación de libertades democráticas y de monarquía aumenta significativamente el bienestar de la población.

Para demostrarlo, he analizado los datos empleando las técnicas estadísticas más adecuadas y teniendo en cuenta además la dotación de capital productivo y la calidad del capital humano en los distintos países del mundo a lo largo de las cinco décadas comprendidas entre 1960 y 2013. Los detalles técnicos del análisis aparecen en este enlace.

Veamos cuáles son los principales resultados. Los países democráticos gozan de un nivel de renta per cápita superior al del resto. Además, la combinación de monarquía y democracia aumenta significativamente la renta per cápita en aproximadamente 150 euros por persona y año comparando con los países sin libertades democráticas y sin monarquía, como por ejemplo, Corea del Norte, Turkmenistán, Birmania, Laos o Eritrea. Dado que en España somos 47 millones de habitantes, la combinación de monarquía y democracia nos aporta un valor de unos 7.050 millones de euros al año en comparación con aquellos países que carecen de monarquía y de libertades democráticas. Se trata de una cifra nada desdeñable, puesto que supone el 0,7% del PIB. Por término medio, las democracias plenas con modelo de estado republicano tienen un nivel de renta per cápita inferior al de las democracias dotadas de una monarquía. Este es un resultado importantísimo que debiera formar parte del debate actual en España sobre nuestro futuro político e institucional.

Comparadas con los países no democráticos, las monarquías democráticas, sin embargo, no parecen contribuir al crecimiento económico sino todo lo contrario. Entre 1960 y 2013 crecieron mucho más rápidamente los países con dictaduras y sin monarquías. El caso de China, por supuesto, es ilustrativo. Pero si comparamos las democracias republicanas con las democracias monárquicas, la tasa de crecimiento de estas últimas es mayor. Así, las monarquías obtienen mejores resultados económicos que las repúblicas dentro del mismo nivel de libertades democráticas.

En lo que se refiere al desempleo, ni las democracias en general, ni las monarquías en general, ni las monarquías democráticas tienen efecto alguno sobre este indicador de malestar socioeconómico. No parece que estas variables tengan nada que ver con el principal problema de la sociedad española en estos momentos.

Las monarquías -ya sean democráticas o no- gozan de índices de precios al consumo significativamente menores, lo que supone una ventaja. Por último, la producción científica en forma de artículos en revistas especializadas es mayor en los países democráticos en general y también en las monarquías democráticas, comparadas tanto con las repúblicas democráticas como con las dictaduras. En cambio, la esperanza de vida, es decir, el número medio de años que vive la población de un país, es mayor en los países democráticos en general, pero es menor en los países democráticos con monarquía. Se trata sin duda de un resultado desconcertante que requerirá nuevos estudios e investigaciones.

En resumen, las monarquías en países democráticos como España traen beneficios importantes en lo que se refiere al nivel general de bienestar económico (la renta per cápita), el crecimiento económico, la estabilidad de los precios (una menor inflación) y la producción científica. Me parece que tenemos que pensar detenidamente si conviene o no poner término a la monarquía dados sus aparentes contribuciones al bienestar socioeconómico en términos de riqueza y estabilidad en el contexto mundial.

Por tanto, mi opinión personal es que no hay motivo alguno para alterar nuestra forma de estado, al menos desde un punto de vista estrictamente socioeconómico y en comparación a otros países. Nos ha ido muy bien en las últimas cuatro décadas, y parece que en gran medida se debe a la combinación de libertades democráticas y de monarquía, lo que nos ha otorgado un elevado grado de estabilidad institucional. El desempleo que azota al país no debiera ser razón para realizar cambios bruscos en el modelo de estado. Seguramente estaríamos mucho peor sin democracia y sin monarquía. Al menos eso es lo que demuestran los datos comparados internacionales. Lo demás son, sencillamente, opiniones y emociones sin fundamento empírico objetivo.

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