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La Monarchia: un simbolo di concordia. Il Re e’ infaticabile difensore della Costituzione sinonimo di democrazia e liberta’.

La Monarquía: el reto era (y vuelve a serlo) la concordia

El Rey se ha convertido en el defensor infatigable de una Constitución que significa democracia y libertad para España

Toulouse, 29 de marzo de 2006. El pañuelo de Francisco Folch no daba abasto para enjugarle las lágrimas. Este republicano de 90 años, capitán de Artillería y presidente de la Asociación de Excombatientes y Víctimas de Guerra de la República Española, llevaba 66 años en el exilio. Muerto Franco, no quiso volver a España porque temía ser tratado «como un rojo». Y ese hombre que había estado combatiendo «en la defensa de Barcelona» durante la Guerra Civil, ahora se emocionaba al ver en persona al Rey, a Don Juan Carlos, que había acudido a «la capital del exilio» republicano a reconocer a aquellos españoles. Desde fuera, podría parecer el mundo al revés, pero Folch tenía sus razones.

Él era uno de los que en su día consideraban al Rey el «heredero de Franco» y le llamaban «Juan Carlos, el breve», pero con el paso de los años cambió de opinión. «Lo que yo quiero es que en España no haya más guerras. Es mejor la guerra de las palabras que la de los cañones. Y, a pesar de todo, la Monarquía ha conseguido que España se hiciera democrática», afirmó.

Y es que, muerto Franco, el debate en España no era entre República y Monarquía, sino entre dictadura y democracia, entre autoritarismo y libertad, entre enfrentamiento y reconciliación. Por eso, cuando el Rey Don Juan Carlos, que había heredado todos los poderes del anterior jefe del Estado, anunció su deseo de devolver la soberanía al pueblo y empezar a construir una democracia, la mayoría de los españoles, incluidos sus dirigentes políticos, se sumaron al reto. Y los menos partidarios del cambio -que también los hubo- no tuvieron otra opción que dejarse arrastrar por esa ola imparable en cuya cresta se había subido el Rey.

Pero no todos los vientos soplaron a favor del horizonte de democracia y libertad que propugnaba Don Juan Carlos. La sangre derramada por ETA un día sí y otro también, y la dura crisis provocada por la subida del petróleo, que disparó el paro y los precios y hundió el Producto Interior Bruto, amenazaban con minar la moral colectiva de un pueblo que, por primera vez en su historia, se había propuesto vivir en concordia.

Tuvieron que pasar años

Solo el tiempo y los hechos, que se sucedían a un ritmo vertiginoso, lograron superar el escepticismo y la incertidumbre y, en realidad, tuvieron que pasar varios años para que los españoles se dieran cuenta de lo que habían hecho: habían inventado nada menos que un sistema inédito que permitía pasar de la dictadura a la democracia por medios pacíficos. Aquel sistema se llamó la Transición y pronto se convertiría en un ejemplo estudiado en las Universidades y admirado en el resto del mundo.

Todo se había hecho, además, en un tiempo récord, en el que no faltaron las dificultades pero se lograron superar. Un año y siete meses después de la muerte de Franco, se celebraron las primeras elecciones democráticas y, un año y seis meses después, los españoles ratificaron la primera Constitución de su historia fruto del consenso y sometida a referéndum. Cuatro años después llegó la alternancia política, prueba de fuego de toda democracia. El PSOE ganó las elecciones y, también por primera vez, en España convivieron con total normalidad la Monarquía y un gobierno socialista.

Después de varios siglos de aislamiento, España regresó a Europa tras firmar el Tratado de adhesión a las Comunidades Europeas, y el Rey y el Príncipe de Asturias emprendieron una intensa actividad exterior como nunca se había visto antes. España, que había sido una exótica excepción durante siglos, a ojos del mundo occidental, se convirtió en un país democrático y moderno.

En aquellos años, uno de los principios que más se valoraba era la reconciliación, la capacidad de perdonar. Los horrores de la guerra estaban tan cercanos que cuando se hablaba de ella -o se ambientaba una película en esa época- solía hacerse con una delicadeza extrema para no reabrir unas heridas muy dolorosas. En ese ambiente de reconciliación y concordia llegaron a publicarse esquelas conjuntas de muertos que habían estado luchando el mismo día en el mismo frente pero en bandos distintos.

Una de ellas salió publicada el 17 de noviembre de 2006 en ABC. Bajo dos banderas enlazadas, una roja y amarilla y la otra republicana, los herederos del comandante Rodrigo Dávila Peñalosa, que había defendido el Cerro de Los Ángeles los días 13 y 14 de noviembre de 1936, pusieron una esquela en memoria de su padre y de sus enemigos: la esquela añadía al general Lukacs (Mate Zalka), que era el jefe de la II Brigada Internacional, y a los «demás atacantes a esa posición en la misma acción militar de nuestra Guerra Civil».

Los políticos también se enzarzaban en agrios debates, pero sobre los problemas de actualidad, que eran muy diferentes de la guerra civil o del franquismo. A medida que España se modernizaba, con ambiciosas infraestructuras, algunas excesivas o superfluas, empezaron también a surgir los primeros escándalos de corrupción política, que eran acogidos casi como una «travesura» por parte de un electorado nada exigente.

Era como si, después de un esfuerzo titánico, los españoles hubieran caído en un estado de relax y autosatisfacción que impedía ver los boquetes del barco. Tampoco la Corona, cuyo poder se limitaba a la autoridad moral, fue ajena a esta bajada de guardia. Y fue precisamente cuando más bajas estaban las defensas, cuando la crisis económica que estalló en 2008 asestó un golpe al sistema, que se vio incapaz de amparar a los millones de personas que perdieron el trabajo y la casa. La etapa más larga de paz, libertad y prosperidad de la historia de España estaba amenazada. Por primera vez, muchísimos españoles ya no vivían mejor que sus padres.

El bipartidismo, que había imperado desde la restauración de la democracia, llegaba a su fin, y aparecían nuevos partidos políticos que cuestionaban un sistema en el que, hasta entonces, los españoles se habían sentido a gusto.

Terminaba un ciclo y el Rey Don Juan Carlos, al que seguía funcionándole el olfato aunque hubiera bajado la guardia, abdicó en su hijo en unos momentos especialmente delicados para la Monarquía; esperar más tiempo no hubiera mejorado nada.

A Don Felipe le tocó estrenar su reinado en una España muy diferente a la de su padre, pero sobre todo con unos políticos que nada tienen que ver con los de la Transición. Ahora, el recuerdo de los horrores de la guerra queda tan lejano que ya no sirve de acicate al entendimiento. La fragmentación política no solo ha generado gobiernos débiles – y rehenes, como el actual, de los independentistas-, también ha cambiado el discurso de algunos políticos. Los líderes ya no pueden aspirar a altos porcentajes de voto, como cuando había únicamente dos partidos, y la reducción de su número de votantes les ha alejado de la moderación.

En el momento más grave de su reinado, el referéndum ilegal de independencia celebrado en Cataluña, el Rey tuvo que salir a defender la Constitución, la democracia y la libertad, ante la dejadez de los políticos, enzarzados en debatir sus diferencias e incapaces de aparcarlas por el bien común.

Si hace cuarenta años el reto era la reconciliación, tras siglo y medio de enfrentamientos; ahora el objetivo del Rey es mantener la concordia, la democracia y la libertad, los valores de la Constitución.

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